El ser humano, desde su nacimiento, se acepte o no de que su origen es por creación y además con la potencialidad de convertirse en hijo de Dios, a nadie escapa la aceptación de que se trata de un ser maravilloso, especial y tan singular que es esencialmente diferentes de todos los demás seres que nos rodean.
Sin embargo, el ser humano no nace acabado sino que debe “hacerse”, desarrollarse. De ahí surge la presencia del llamado fenómeno de socialización cultural de acuerdo al contexto geográfico, histórico, político y religioso de cada pueblo. Es por ello, que en el seno familiar el niño o la niña reciben las primeras pinceladas de sus padres y familiares, que no son estrictamente acciones educativas por ser transmitidas tradicionalmente en una etapa donde los pequeños aún no están capacitados para ejercer su libertad.
Posteriormente viene en su desarrollo humano, el fenómeno educativo, donde tanto los educadores como los educandos tienen una labor que cumplir eminentemente de tipo social y por ende de corresponsabilidad. En esta etapa escolarizada y no escolarizada, los profesores pueden comportarse como meros profesores, dejando a un lado el aspecto educativo. Es decir, enseñan, son sólo transmisores de conocimientos, muchas veces meramente repetitivos, dejando a un lado la parte formativa, cuyo núcleo es la enseñanza acompañada de vivencias de valores formativos, educacionales.
Ambos fenómenos son sumamente importantes en el desarrollo de los niños y de los adolescentes en el nivel básico de estudios. Pero el factor primordial de formación de ellos es la educación en valores.
Para reflexionar sobre este punto, es preciso ante todo, conocer y reconocer no sólo los resultados de la educación básica, sino también y de modo principal saber el cómo se han obtenido, detectar las causas de ellos. Y cuando se logre esto, hay que emprender estrategias de corrección o fortalecimiento a fin de mejorar efectivamente los procesos de enseñanza y de aprendizaje para la vida. Esto implica fuertemente la urgencia de educar en valores educativos con repercusiones en los valores familiares y sociales.
Entre los valores educativos hay que resaltar aquéllos que se refieren al conocimiento: transmisión y búsqueda de la verdad, para distinguirla de la falsedad, del error, de la mentira, del engaño; a la voluntad, para orientarla a tomar decisiones a favor de lo bueno, de lo correcto, de lo noble, de lo mejor; a los sentimientos y pasiones, para encausarlos hacia el respeto, la amistad, el verdadero amor; a nuestras fuerza motoras, para encaminarlas hacia el deporte como un medio de educación integral, “mente sana en cuerpo sano” como suele decirse.
Otros valores educativos íntimamente ligados a los valores familiares y sociales son la puntualidad, el respeto, la responsabilidad personal en cada agente de la educación, como preparar la clase y cumplir con las tareas respectivamente, la tolerancia y comprensión de unos y otros, educadores y educandos, la participación positiva y solidaridad en todo y con todos los que promueven acciones para mejorar la educación.
Estas aportaciones pudieran parecer como idealistas, y por lo mismo imposible de alcanzar. Pero no es así, ya que si el fenómeno educativo y en este caso aplicado al nivel básico, no responde a nuestra realidad, debería aceptarse de que si así fuera, sería el resultado de nuestro comportamiento en unos y en otros, y, reconociendo esto, estaría en nuestras manos poder cambiarlo, si nos lo proponemos.
En cualquier caso, si realmente se quiere aspirar a impartir una educación de calidad, se requiere, más allá del manejo de nuevos paradigmas, un cambio profundo de actitud humilde, o sea, reconocer la situación real del fenómeno educativo con el propósito, el compromiso y el cumplimiento de cambiar los resultados con base en el cambio de actitudes procedimentales, en una educación en valores, que significa no sólo conocer los valores citados, sino vivirlos día a día.
Para ello es urgente transformar los valores en virtudes, que son la fuerza permanente y habitual en educadores y educandos, para hacer realidad una auténtica educación en valores y así pasar del discurso a los hechos.
Este tipo de educación es el mejor remedio para disminuir la corrupción en todos los niveles de la vida cotidiana y sería el faro luminoso que pueda guiar a las generaciones actuales hacia la calidad académica y a desarrollar competencias profesionales que redunden en un bienestar común.

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